Micro relato
La llave del faro
Una llave que llega con la marea convierte una mañana de rumores en una visita inesperada.
«a mí es que la playa no me gusta, con tantos chismes, hay pereza»
Lo dijo Leire al plantar la sombrilla. A su lado, dos mujeres discutían si el farero había dejado el pueblo por una cantante o por una deuda; más allá, un niño anunciaba que el agua estaba helada, aunque todavía no había metido un pie.
Leire sacó un libro. Cada vez que encontraba una frase, una voz le robaba la atención. Que la panadería cerraba. Que el perro de los gemelos había aprendido a abrir neveras. Que alguien había visto una luz en la isla, donde ya no vivía nadie.
«¿Ves?», dijo a su hermana. «No se puede leer.»
Su hermana no respondió. Miraba el mar.
Una ola llegó hasta las sandalias de Leire y dejó una llave oxidada entre ellas. En el aro colgaba una etiqueta de plástico: «Faro». Las dos mujeres callaron. El niño dejó de hablar del frío. Desde la orilla, el viejo farero, que según todos se había marchado, levantó la mano.
Leire tomó la llave. El hombre sonrió, como si por fin alguien hubiera escuchado su versión.
«Mañana vuelvo», dijo ella.
«¿A la playa?»
«A comprobar si también cuentan la verdad.»
Al día siguiente, el rumor era que Leire se había enamorado del farero. Ella llegó con el libro, la llave y una libreta. Esta vez anotó cada chisme. Por si alguno era cierto.